
Crustáceo emblemático de amplia distribución desde Ecuador hasta el sur de Chile, la jaiba mora (Homalaspis plana) es un recurso bentónico que promedia cerca de 137 toneladas anuales de captura en el país en los últimos 30 años, lo que la convierte en un componente relevante para las economías locales y la pesca artesanal.
A pesar de su importancia para cientos de caletas y comunidades costeras y de su amplio uso en la cocina chilena, no existían evaluaciones formales sobre la genética de sus poblaciones a lo largo de la costa, hasta ahora. Esto, sumado a la debilidad de los mecanismos de control y manejo de la especie, preocupa por la sostenibilidad a largo plazo de su captura.
Así, en un reciente estudio publicado en la revista Global Ecology and Conservation, un grupo de investigadores de la U. Católica del Norte y el Instituto Milenio en Socio-Ecología Costera (SECOS), se propusieron llenar esa brecha de información.
“Descubrimos que la diversidad genética de la jaiba mora es baja al compararla con otras jaibas a nivel global, está en el cuartil más bajo respecto a otras especies, explica Pilar Haye, investigadora del Departamento de Biología Marina de la U. Católica del Norte y directora alterna en SECOS. Esto, eventualmente la puede hacer más vulnerable a presiones por pesca o cambios ambientales, al ser la diversidad genética la fuente de adaptabilidad de poblaciones”, subraya.
Para el estudio, el equipo analizó 222 ejemplares de jaiba mora recolectados a lo largo de casi 3.500 kilómetros de costa, desde el norte en Iquique hasta Los Molinos (Los Ríos) en el sur de Chile. Para ello utilizaron marcadores genéticos mitocondriales (COI) y microsatélites nucleares, herramientas que permiten evaluar tanto la diversidad genética como el grado de conexión entre poblaciones.
“Usamos distintos marcadores moleculares, como el COI mitocondrial, excelente para evaluar diversidad, y los microsatélites, ideales para determinar si hay agrupamientos o diferenciación genética, lo que nos permitió una mirada integradora de distintos procesos evolutivos”, remarca Haye.
Al mismo tiempo, el estudio detectó que, a gran escala, las poblaciones están genéticamente conectadas a lo largo de toda la costa chilena, formando lo que los científicos llaman una población “panmíctica” (es decir, sin grandes divisiones genéticas regionales).
Sin embargo, bajo esta aparente conectividad, los análisis revelan un fenómeno clave: muchas poblaciones locales dependen en gran medida de su propio reclutamiento, es decir, las nuevas jaibas que llegan a una zona provienen mayoritariamente de la misma área y no de regiones lejanas.
“En el estudio sugerimos que la baja diversidad puede ser por la pesca sostenida y también por una característica particular, que es que la mayoría de los individuos de un sitio provienen del mismo lugar y solo un porcentaje menor proviene de sitios alejados, a pesar de tener una larva que está en la columna de agua por tiempo prolongado. Probablemente, esta especie tiene conductas larvales específicas que no han sido estudiadas”, explica la experta.
Claves para la pesca artesanal
Aunque a escala nacional la especie parece formar una sola gran población, el estudio advierte que las poblaciones locales pueden ser mucho más frágiles de lo que indican las estadísticas de desembarque. Si una caleta o sector pierde sus reproductores, la reposición desde otras zonas podría ser limitada, aumentando el riesgo de colapsos locales silenciosos.
Nicolás Segovia, Datamanager, investigador del SECOS y co-autor del estudio, profundiza. “El tipo de manejo de este tipo de organismos -común para todas las jaibas, no solo para la jaiba mora-, proviene de un decreto de hace más de 35 años, que involucra la devolución de hembras que porten huevos (hembras ovígeras) y una talla mínima de 120 mm de cefalotórax. Esto implica una extracción constante, sostenida y no aleatoria de individuos con ciertas características, favoreciendo a hembras e individuos pequeños, lo que podría provocar una merma en la diversidad genética”, agrega.
De esta forma, el tipo de pesca en conjunto con los resultados del estudio, se hacen especialmente relevantes en un escenario de cambio climático y presión pesquera sostenida, donde la diversidad genética es clave para que las especies puedan adaptarse y recuperarse frente a perturbaciones ambientales y humanas.
Finalmente, el grupo de autores subraya que integrar la información genética, además de aspectos pesqueros, sociales, biológicos, ecológicos en la gestión pesquera, forman herramientas prácticas para asegurar la sostenibilidad futura de un recurso que sostiene economías locales y tradiciones costeras en gran parte de Chile.


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