
Durante años, el bienestar animal fue entendido en la salmonicultura como un estándar asociado al cumplimiento, las certificaciones o las exigencias del mercado. Sin embargo, esa mirada ha comenzado a transformarse: hoy, diversos actores de la
industria sostienen que el bienestar de los peces debe ser concebido como un pilar estructural del sistema productivo. En esta columna, Daniel Elton, CTO de Lago Sofía, reflexiona sobre por qué poner al pez al centro ya no es solo una aspiración ética, sino también una condición para una salmonicultura más eficiente y sostenible.
«Durante mucho tiempo, el bienestar animal en salmonicultura fue abordado principalmente como una exigencia reputacional. Algo asociado al cumplimiento normativo, a las certificaciones o a las expectativas de los consumidores y los mercados. Sin embargo, desde mi experiencia trabajando en Sistemas de Recirculación para la Acuicultura (RAS, por sus siglas en inglés), estoy convencido de que hoy debemos entenderlo de una manera completamente distinta: el bienestar animal no es un añadido operacional. Debe ser la base sobre la cual diseñamos y operamos nuestros sistemas.
Cuando hablamos de bienestar en peces, a menudo la conversación se limita a aspectos éticos o comunicacionales. Pero en sistemas intensivos de recirculación, el bienestar tiene consecuencias directas en la estabilidad biológica, la eficiencia productiva y la sustentabilidad del negocio.
Un pez sano y con bajos niveles de estrés convierte mejor el alimento, requiere menos intervenciones, genera menos residuos y permite producciones más predecibles. Por eso, para nosotros, el bienestar animal es un principio de diseño y herramienta de eficiencia.
En Lago Sofía hemos trabajado durante años bajo una lógica de recirculación individual (iRAS) por estanque, en la que cada unidad opera con su propio sistema de tratamiento de agua. Esta filosofía nació de una necesidad operativa concreta: trabajar con distintos clientes, diversas cohortes y múltiples requerimientos sanitarios. Pero con el tiempo entendimos que también ofrecía enormes ventajas desde el punto de vista del bienestar animal y del control sanitario, y simplifica enormemente la construcción por medio de sistemas modulares.
Cuando cada sistema es independiente, es posible mitigar riesgos operacionales, contener potenciales eventos sanitarios y reducir significativamente la transmisión horizontal de patógenos.
Sin embargo, creo que uno de los temas menos discutidos en torno al RAS es el manejo de residuos. Muchas veces se habla de recirculación, eficiencia hídrica o reducción de consumo de agua, pero poco se habla de lo que ocurre con los lodos y nutrientes que estos sistemas generan.
En la práctica, uno de los mayores desafíos del RAS moderno no es producir peces: es manejar adecuadamente los residuos del proceso.
A medida que aumentamos las tasas de recirculación y reducimos el uso de agua fresca, también concentramos más sólidos y nutrientes que deben ser tratados correctamente. Compostaje, biochar, valorización energética y otras alternativas están avanzando, pero todavía queda mucho por desarrollar para lograr una circularidad verdaderamente eficiente.
En mi opinión, el futuro de la acuicultura terrestre dependerá justamente de nuestra capacidad para integrar el bienestar animal, la bioseguridad, la eficiencia hídrica y la gestión de residuos en una misma visión de diseño. Y aquí aparece otro punto que considero especialmente relevante: Chile está comenzando a exportar know-how en materia de RAS.
Durante décadas, la salmonicultura chilena importó tecnología, ingeniería y modelos operacionales. Hoy, después de años enfrentando desafíos productivos complejos y operando sistemas intensivos a gran escala, comenzamos a desarrollar experiencia propia que aporta valor a nivel internacional.
Ese es precisamente uno de los objetivos de Blue Waters Aquaculture Engineering, empresa nacida a partir de la experiencia de Lago Sofía y enfocada en el desarrollo de ingeniería y diseño. Actualmente ya estamos trabajando en proyectos internacionales, entre ellos iniciativas vinculadas a la producción de salmón Chinook en Nueva Zelanda.
Más que exportar infraestructura, creo que el verdadero valor está en exportar tecnología y know how, entender cómo diseñar sistemas que integren bienestar animal, bioseguridad, eficiencia y flexibilidad desde su origen y cumplan con el performance objetivo.
Eso no significa que tengamos todas las respuestas. La industria todavía enfrenta enormes desafíos técnicos, regulatorios y ambientales. Pero sí creo que estamos entrando en una etapa donde la conversación ya no debe centrarse únicamente en cuánto producimos, sino en cómo lo hacemos.
Porque, finalmente, cuando el bienestar animal se incorpora como principio de diseño y no sólo como reacción, los beneficios terminan alcanzando no sólo a los peces, sino también a la sostenibilidad completa del negocio».

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