
En esta columna, Axel Paulsen, director de Biocambio, aborda uno de los desafíos ambientales más sensibles del sur de Chile: la protección del Lago Llanquihue frente al aumento de la carga orgánica y el riesgo de eutrofización. A partir de la realidad que enfrentan humedales, sistemas sanitarios y zonas rurales de Puerto Varas y Frutillar, plantea que la combinación entre humedales depuradores y biotratamiento de efluentes puede transformarse en una estrategia concreta para resguardar uno de los ecosistemas más valiosos de la zona. A continuación, el texto completo:
Hay que reconocer el esfuerzo de vanguardia en la cuenca. Lo que se ejecuta actualmente con la mejora de los aliviaderos de tormenta en Puerto Varas es ingeniería sanitaria necesaria. Lo que Frutillar y Puerto Varas han iniciado con sus pilotos de humedales depuradores, como el hito de los dieciséis metros cuadrados de fitodepuración en la costanera frutillarina, es un paso valiente y necesario. Sin embargo, para salvar el lago, no necesitamos elegir entre tecnologías; necesitamos que trabajen en equipo.
El laberinto de la contaminación invisible
El desafío es multivectorial. En las zonas urbanas, existen conexiones irregulares que jamás ven una planta de tratamiento. En las zonas rurales, el problema se traslada a pozos negros y fosas sépticas deficientes o mal instaladas que filtran hacia las napas subterráneas.
A esto se suman eventos documentados donde el manejo de purines en planteles lecheros ha derivado en el escurrimiento de efluentes hacia los cauces.
Si agregamos la sobrefertilización agrícola, obligada por suelos volcánicos que mantienen el fósforo capturado, las descargas ocasionales de embarcaciones y los aportes de la acuicultura, el resultado es una inyección masiva de carbono, fósforo y nitrógeno.
Cuando el aporte supera lo que la naturaleza puede procesar, los patógenos y microorganismos oportunistas colonizan.
Es aquí donde aparecen las cianobacterias, que proliferan ante el exceso de nutrientes generando toxinas que ponen en riesgo la salud y el ecosistema.
La métrica de la eficiencia: ¿Cuánto espacio necesitamos?
Para que un humedal artificial o fitodepurador sea realmente un reactor de purificación y no solo un estanque de paso, la ingeniería sanitaria basada en la naturaleza es clara: se requiere una superficie de tres a cuatro metros cuadrados por persona.
Esto significa que una familia de cuatro personas necesita entre doce y dieciséis metros cuadrados de ingeniería viva para procesar su carga orgánica de forma completa. Este espacio es vital para que la rizosfera, la zona de raíces y sustrato, tenga la superficie necesaria para alojar el biofilm bacteriano que digiere los contaminantes.
El biotratamiento: el complemento espectacular
Aquí es donde la biología aplicada potencia la infraestructura existente. El humedal es una frontera física brillante, pero el biotratamiento es su aliado estratégico para maximizar cada metro cuadrado.
* La red como biodigestor vivo: mediante un goteo constante de consorcios probióticos líquidos, logramos que estos microorganismos se adhieran a las paredes del alcantarillado o al lecho de los esteros. Esto transforma kilómetros de tuberías y cauces en un biodigestor activo.
* El factor tiempo y distancia: instalamos este sistema cientos de metros antes del desagüe. Esto permite que los microorganismos tengan el tiempo de contacto necesario para degradar la materia orgánica y reducir drásticamente los coliformes fecales antes de llegar al humedal o al punto de descarga en el lago.
* Exclusión de patógenos y cianobacterias: los probióticos compiten directamente por espacio y alimento contra las bacterias dañinas y las cianobacterias. Al agotar los nutrientes disponibles, el biotratamiento inhibe el crecimiento de estas algas verde-azules antes de que puedan florecer.
Más allá de la limpieza: regeneración y clima
El biotratamiento aporta beneficios que la ingeniería pasiva no puede cubrir por sí sola: cambia la ruta metabólica del carbono de la putrefacción a la fermentación, eliminando los malos olores de raíz y reduciendo drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero.
Esta biotecnología ha recuperado lagos con alta carga orgánica en menos de dos años. Por ello, bajo nuestro análisis técnico, es la mejor opción para la recuperación de ecosistemas críticos como el Lago Vichuquén, donde hemos propuesto esta solución por su capacidad de funcionar con precisión tanto en agua dulce como en agua de mar.
Conclusión
Los humedales en Frutillar y Puerto Varas son la frontera física necesaria para proteger nuestras playas. El biotratamiento es el complemento espectacular que blinda el sistema desde el origen, tratando la carga urbana, rural y fluvial antes de que sea un problema.
Si queremos que el Llanquihue siga siendo el lago azul que nos enorgullece, tenemos que dejar de ser simples recolectores de residuos y convertirnos en gestores de la vida.
La biotecnología aplicada es la única defensa real para asegurar que nuestro lago nunca conozca la eutrofización.

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