
Las consecuencias del cambio global han sido ampliamente documentadas en variados estudios científicos, reportes gubernamentales, informes, e incluso leyes que se han implementado en todo el mundo para hacer frente al impacto humano sobre los ecosistemas del mundo. Al mismo tiempo, se han abierto oportunidades para la innovación tecnológica y la búsqueda de soluciones que puedan mitigarlos.
En ese contexto, un grupo de académicos ha mostrado preocupación por la información que ha circulado en medios de comunicación respecto a una iniciativa piloto de reuso de conchillas de mitílidos y alcalinización oceánica en la región. Según sus promotores, este proyecto podría llegar a procesar 50 mil toneladas anuales de conchilla y podría “neutralizar” o capturar hasta 10.000 toneladas de CO₂ al año, con monitoreo de pH, temperatura y biodiversidad bajo DS90.
Sin embargo, advierten que entre el titular optimista y la evidencia científica disponible, hay una distancia importante por el momento, pues hoy “no existe información pública suficiente que permita sostener, con rigor científico y trazabilidad independiente, que usar masivamente conchilla en el mar interior de Los Lagos vaya a producir una remoción neta de CO₂ detectable, verificable y ambientalmente segura”.
El Dr. Cristian Vargas, académico de la Facultad de Ciencias Ambientales de la Universidad de Concepción, es un experto mundial en acidificación oceánica que ya ha advertido anteriormente en publicaciones científicas y foros internacionales, que “evaluar acidificación costera requiere series temporales amplias y comprender la variabilidad natural del sistema, porque los organismos responden a múltiples factores simultáneos, no sólo al pH. En términos simples, el mensaje de esa línea científica es claro: medir una sola variable y extrapolar resultados puede inducir conclusiones erróneas” advierte.
Vargas, quien junto a investigadores del Instituto Milenio SECOS han trabajado por años en carbono costero, cambio global y dinámica ecológica en fiordos, canales y sistemas altamente productivos del sur de Chile, añade que “esto no significa que la alcalinización oceánica deba descartarse a priori, sino que no se puede presentar como solución probada lo que sigue siendo una intervención experimental, con alta complejidad biogeoquímica, exigencias de monitoreo mucho más amplias que medir pH, y riesgos ecológicos y regulatorios que todavía deben evaluarse caso a caso. La propia literatura científica y organismos internacionales que estudian remoción marina de CO₂ insisten en que estas tecnologías están en etapas tempranas, con vacíos relevantes sobre eficacia, permanencia del carbono removido, monitoreo e impactos ambientales”.
Ciencia internacional: ensayos controlados
A nivel internacional, los ensayos más visibles en alcalinización siguen siendo pequeños, controlados y fuertemente monitoreados. El caso LOC-NESS de Woods Hole, comunicado en 2026 como el primer ensayo de alcalinización del océano con permiso de la EPA en EE.UU., no consistió en tirar residuos al mar y luego monitorear pH como aparentemente se plantea en Los Lagos, más bien incluyó una liberación pequeña y controlada de hidróxido de sodio, seguimiento intensivo por varios días, mediciones físicas, químicas y biológicas, vehículos autónomos, muestreo de agua y combinación de pH con dióxido de carbono y trazadores para estimar captura de carbono.
“WHOI subrayó que los resultados son preliminares y que el trabajo continuará para afinar el monitoreo e impactos ambientales y justamente ese contraste es decisivo. Si incluso un proyecto piloto estadounidense, con instituciones líderes y permiso ambiental específico, no presenta estas acciones como una solución ya demostrada sino como investigación controlada en curso, en Chile corresponde exactamente el mismo estándar de prudencia’, añade Vargas.
A su vez, para el director del Centro de Investigación e Innovación para el Cambio Climático de la Universidad Santo Tomás (CiiCC-UST), Dr. Nelson Lagos, proyectos desarrollados en la región como ANID Anillo Shell-NBS y FONDEF, han avanzado con experiencia científica a escala local en la reutilización de conchas y la restauración marina como soluciones basadas en la naturaleza.
Según Lagos, también investigador del SECOS, la literatura sobre valorización de residuos de conchas además muestra que estos materiales requieren procesamiento y control, “porque su composición, reactividad y pureza pueden variar y la fracción orgánica que queda en la concha, importa. De hecho, una revisión reciente sobre residuos de conchas de mejillón destacó que la presencia de materia orgánica residual puede afectar la reactividad del carbonato de calcio derivado de conchas”, comenta.
Justamente el proyecto Shell-NBS ha indagado en el uso de estos residuos para crear bioconcreto que ayude a restaurar fondos marinos degradados y a su vez puedan aportar a una calcificación controlada, bajo altos estándares científicos y de monitoreo de múltiples parámetros.
Más aún, ambos remarcan que las propiedades químicas del agua de mar en el Estuario Reloncaví no son simples. Es un sistema influido por descargas continentales de agua dulce, variabilidad física intensa y cambios simultáneos de temperatura, oxígeno y CO₂. En esa línea, los equipos de investigación de Lagos y Vargas han advertido que en sistemas costeros, los efectos de acidificación y cambio global no deben analizarse con una sola variable, porque operan con interacciones sinérgicas o aditivas entre temperatura, pH, oxígeno y descargas de agua dulce.
La literatura reciente sobre ‘experimentos de alcalinización’ añade otra advertencia: los productores primarios y comunidades planctónicas son especialmente sensibles a cambios en la química del agua. En una zona donde existen antecedentes recientes de floraciones algales nocivas en el seno del Reloncaví, no es aceptable tratar el riesgo ecológico como un detalle secundario. Cabe recordar que justamente Sernapesca acaba de informar en este mes de marzo de 2026 una FAN de Heterosigma akashiwo en el área, con activación de planes preventivos.
Dimensión regulatoria
Tal como ha mencionado la empresa Ocean Visions, se ha planteado utilizar infraestructura existente como una planta de tratamiento y descarga al mar. Pero en Chile, la existencia de un emisario o planta sanitaria no habilita automáticamente cualquier nueva carga, sustancia o intervención. La Ley 19.300 establece que proyectos comprendidos en el artículo 10 sólo pueden ejecutarse previa Evaluación Ambiental, y el artículo 11 exige Estudio de Impacto Ambiental cuando existe riesgo para la salud o efectos adversos significativos sobre recursos naturales renovables.
Lagos también añade que “el Reglamento del SEIA refuerza ese punto: el DS90 es una norma de emisión, no un sustituto de la evaluación integral de impactos. Cumplir parámetros de descarga no responde por sí solo si una intervención puede alterar significativamente calidad del agua, comunidades biológicas o dinámica costera. A ello se suma la normativa marítima. DIRECTEMAR regula vertimientos y descargas en aguas bajo jurisdicción nacional mediante permisos previos y revisión técnica del sitio”.
Así, aún cuando plantean más dudas que evidencia real disponible, también plantean aprovechar la oportunidad para avanzar en evidencia disponible y robustecer la ciencia detrás de la acidificación en Chile. “Si existe una hipótesis plausible de que materiales alcalinos derivados de conchas pueden contribuir a mitigar acidificación o favorecer captura adicional de CO₂, esa hipótesis debe probarse, con una línea de base robusta, escalamiento secuencial desde el laboratorio a pequeñas intervenciones en la zona costera respaldada por el cumplimiento del marco regulatorio, monitoreo químico de diversas variables, como la misma alcalinidad del mar, el contenido de carbono inorgánico, sensores de dióxido de carbono, oxígeno, nutrientes y biota, modelación hidrodinámica, evaluación ambiental formal, trazabilidad de residuos, participación de comunidades y revisión experta independiente” señala Vargas.
Finalmente, para los investigadores, Chile necesita ciencia abierta, control independiente, evaluación ambiental rigurosa y respeto por el conocimiento local acumulado, antes de prometer respuestas que parecen simples para problemas altamente complejos.

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