
El calentamiento del océano podría disminuir la disponibilidad de ácidos grasos omega-3 a lo largo de las redes tróficas marinas, con posibles implicancias para la acuicultura, que depende en parte de fuentes marinas para aportar EPA y DHA en los alimentos.
Así lo plantea un metaanálisis global publicado en Global Change Biology, que reunió 489 experimentos provenientes de 143 publicaciones y 132 especies marinas, incluyendo productores primarios, invertebrados y peces. El trabajo fue desarrollado por Bethany Rose Dawson, Evangeline Mantzioris, Ivan Nagelkerken, Sean D. Connell y Camille Mellin, de instituciones australianas.
Los investigadores analizaron cómo el calentamiento y la acidificación modifican tanto la proporción como la concentración absoluta de distintos ácidos grasos. Entre ambos factores, el calentamiento mostró efectos más consistentes, con reducciones de hasta 34% en la proporción de omega-3 y de hasta 50% en su concentración, mientras la relación omega-3:omega-6 disminuyó hasta 53% en algunos grupos.
Cambios desde la base de la cadena alimentaria
Uno de los resultados que más preocupa a los autores ocurrió en los productores primarios, como microalgas y macroalgas, responsables de sintetizar EPA y DHA y transferirlos posteriormente hacia niveles superiores de la red trófica.
En este grupo, el calentamiento redujo entre 8% y 34% el omega-3 total, EPA y DHA, dependiendo del nivel de aumento de temperatura considerado. La relación omega-3:omega-6 disminuyó entre 34% y 53%.
Esto es relevante porque una menor disponibilidad en la base de la cadena podría terminar limitando la transferencia de estos nutrientes hacia invertebrados y peces.
En peces, el panorama fue algo distinto. Las proporciones generales de omega-3 no mostraron cambios significativos, pero sí se observaron reducciones en las concentraciones absolutas de ácidos grasos. Bajo los niveles más altos de calentamiento analizados, la concentración de DHA cayó 50% y la de ácidos grasos totales 43%.
La diferencia entre ambos indicadores es importante: una proporción relativamente estable no significa necesariamente que la cantidad total disponible del nutriente se mantenga.
Una posible presión adicional para la alimentación acuícola
Los autores plantean que estos cambios podrían tener consecuencias sobre la disponibilidad futura de omega-3 marino. Si productores primarios, invertebrados y peces contienen menos EPA y DHA, la cantidad que circula dentro de la red alimentaria también podría reducirse.
Para la acuicultura, esto abre una interrogante sobre el abastecimiento de ingredientes capaces de mantener niveles adecuados de estos ácidos grasos en las dietas.
El estudio señala que, si bien la acuicultura puede amortiguar parcialmente algunos de estos efectos mediante la formulación de alimentos, las dietas todavía recurren de manera importante a recursos pesqueros y a aceites vegetales, estos últimos generalmente más ricos en omega-6. Bajo ese escenario, mantener concentraciones suficientes de omega-3 podría transformarse en un desafío creciente.
El análisis no proyecta cuánto podría caer la disponibilidad comercial de aceite de pescado ni establece un impacto directo sobre la salmonicultura. Más bien, identifica una tendencia bioquímica que podría agregar presión sobre un recurso nutricional estratégico para el sector.
El calentamiento tuvo un efecto mayor que la acidificación
La acidificación mostró respuestas más pequeñas y variables que el calentamiento. En varios grupos no se detectaron cambios consistentes en EPA o DHA, aunque los autores advierten que la cantidad de estudios disponibles para acidificación fue considerablemente menor.
Los investigadores vinculan parte de los cambios provocados por temperaturas más altas con mecanismos mediante los cuales los organismos modifican sus membranas celulares, aumentando ácidos grasos saturados y reduciendo algunos poliinsaturados para conservar su funcionamiento bajo condiciones térmicas distintas.
El metaanálisis también encontró una elevada variabilidad entre especies, etapas de vida y condiciones experimentales, lo que dificulta extrapolar un único patrón a todos los ecosistemas marinos.
Además, la mayoría de los trabajos incorporados fueron experimentos controlados y de corta duración. Los autores señalan que se necesitan estudios más prolongados y bajo condiciones ambientalmente realistas para determinar cómo estos cambios podrían manifestarse en sistemas naturales.

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