
El martes pasado, en Frutillar, se vivió algo excepcional.
El Salmon Summit 2025 trascendió el marco gremial. Fue la demostración de que el sur de Chile está empujando un modelo distinto de desarrollo. Uno con ambición global, pero con raíces profundas en el territorio. Un modelo que apuesta por la calidad de vida, que aprovecha sus recursos con responsabilidad y que entiende que el crecimiento solo es legítimo cuando se construye en equilibrio con el entorno.
Porque lo que está ocurriendo en el sur no es menor: un sector productivo que se conecta con las comunidades, que innova, que eleva la marca Chile en el mundo y que genera oportunidades donde antes había solo distancia. No es discurso. Es una realidad que se puede medir, ver y tocar.
En Ventisqueros, por ejemplo, ya contamos con un plan concreto de descarbonización. Fuimos la primera empresa chilena en certificar el 100% de su biomasa bajo el estándar ASC, el más exigente del mundo para la acuicultura. Logramos valorizar el 97% de nuestros residuos en un año —y vamos por el 100% al 2026—, y fuimos pioneros como productores netos de salmón gracias al cultivo de coho. Desde 2017, hemos apoyado más de 240 proyectos comunitarios a través de fondos, asesoría y acompañamiento.
Pero no se trata solo de nosotros. Se trata de una manera distinta de avanzar. Más ágil, más comprometida, más cercana. Lo que vimos esta semana es una generación de líderes que no se queda esperando: propone, crea, actúa.
El problema es que esa energía muchas veces se encuentra con muros conocidos: procesos lentos, normativas que se contradicen, un sistema que, en lugar de acompañar, frena. ¿Cómo vamos a construir un país más justo, más sostenible, más descentralizado, si quienes quieren invertir con propósito se quedan atrapados en la trampa del papeleo?
No hablamos de privilegios. Hablamos de condiciones mínimas para que las buenas ideas no mueran antes de nacer.
Porque la transformación que Chile necesita no parte en los escritorios de Santiago. Parte en los territorios. En la gente que no quiere esperar diez años más para ver cambios reales.
El sur no se queja. Propone. El sur no se victimiza. Avanza.
Y lo que pide hoy no es un favor. Es una señal. Una alianza. Una cancha pareja.
El Summit lo dejó claro: el sur no quiere protagonismo por lástima. Lo quiere por mérito.
Y si el Estado sabe leer esa energía, el sur puede ser mucho más que un motor económico. Puede ser la mejor versión de lo que Chile quiere ser.

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